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lunes, 9 de noviembre de 2015

Crecer, mi gran temor.

Me he dado cuenta de que tengo mucho, pero que mucho miedo, a crecer.

Sí, puede parecer absurdo, pero para mí no lo es. Tengo miedo a entrar en esa etapa adulta. Ya tenía miedo a cumplir los dieciocho, pero eso ya lo superé. No quiero pasar a tener un día a día rutinario, aburrido y sin ningún tipo de placeres. Ya sé que no tiene porque ser así, pero todos sabemos que cuando tenemos un miedo, lo vemos mil veces peor de lo que es, por lo tanto, así es como veo yo la adultez, terrible. 
Temo a envejecer. A ver como mi cara cambia lentamente y a como empiezan a manifestarse las arrugas en mi piel, la cual empezará a ser más flácida y colgante a medida que pasen los años. Esos queridos años que se esfuman tan rápido como un suspiro. Y cada vez más, y más... Hasta que llega un día que ya no hay vuelta atrás y te has convertido en un anciano de 90 años sin aspiraciones ni ganas de hacer nada, con una vida teóricamente apacible, pero realmente tan y tan vacía. Sólo veo una cosa buena, y son los nietos. Esos pequeñajos por los que darías todo y más, aunque a veces te saquen completamente de quicio con sus travesuras... 

En fin, lo malo es que por mucho miedo que tenga, es algo que va a pasar sí o sí, ya que Peter Pan y el país del nunca jamás no creo que existan, aunque estaría bastante bien. Así que, solamente me queda intentar ver el vaso medio lleno y no medio vacío, e intentar aprovechar estos años tan efímeros, que en dos días la palmo.

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